Archive for the ‘Literatura’ Category

XXXVI

Saturday, March 29th, 2008

Hoy tenia la mente en blanco y mientras releía a sabato encontre estas líneas, ¡que hermosas! había olvidado cuan hermosa era la tristeza.

Fue una espera interminable. No se cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de, los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación a la derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un rio oscuro y tumultoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estabamos frente a frente contemplandonos, estáticamente, y otras veces volvía a ser rio y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegado al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. Y era como si los dos estuvieramos viviendo en pasadizos o tuneles paralelos, sin saber que ibamos el uno al lado del otro, como las almas semejantes en tiempos semejantes para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mi, como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo alli y que los pasadizos se habian por fin unido y que la hora del encuentro habia llegado.

¡La hora del encuentro había llegado! pero ¿realmente los pasadizos se habian unido y nuestras almas se habían comunicado? !Que estúpida ilusión mías había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable… No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida.

Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado.

Ernesto Sabato
Octubre de 1947

Ocaso de amor

Saturday, December 17th, 2005

Me mude al lado norte y me sentí en casa, mientras en el cuarto de arriba ella moría, te odio Dios, no quiero tu paz ni tu amor, te odio como si existieras.

Este es el diario del odio, y quizás no lo hubiera escrito si una mano diabólica me lo hubiera permitido, o si no hubiera conocido a Henry o a su esposa. Su matrimonio parecía perfecto, ambos eran personas formidables, nos conocimos en 1939 bebiendo marttini, durante la guerra Española. Cuando ella conoció el amor conmigo, también aprendió a engañar a Henry es por eso que me enojo saber que lo engañaba nuevamente. Un día después de dos años nos volvimos a ver al unísono de la guerra, me pareció muy extraño que durante la guerra sintiera tanta paz, humo momentos en que desee que las sirenas jamás cesaran.

Había un demonio dentro de mi cabeza que jamás me dejaba, me preguntaba cuanto de ella podría ser mío y cuanto de el, hasta desee ser él, es efecto soy un hombre celoso, y si se puede ser celoso infinitamente, ¿se puede amar infinitamente también? Ahora se que los celos solo pueden existir con deseo. La investigue sin descanso, cada movimiento, cada respiro, ¡Oh! Pobre mujer, todo lo que había echo en su vida fue amar, debí detener la investigación, pero como siempre, la mano del diablo pudo mas. Sara Miles era su nombre, indestructible en mi mente, pero indestructible también que era esposa de mi amigo, Henry. Jugábamos al amor mientras allá afuera jugaban a la guerra, nos creíamos vulnerables a las bombas, pero no fue así. Casi muero y ella casi se ahoga en sus propios llantos, ese día ella hizo un pacto con ese ser al que llaman “Dios y se marcho de mi lado, pidiéndome que crea en lo que no veo. Bien, ella se había ido por causa tuya, Dios, por tu amor.

-¿Crees que el amor termina cuando no me ves? Las personas siguen amando a Dios y en su vida lo han visto.
-Esa no es mi clase de amor-
-Talvez no exista otra clase.

Es fácil escribir sobre la soledad, en ella somos seres monótonos ¿pero cuando escribimos sobre la alegría? Y la alegría vino cuando nos juntamos una ves mas, no se si por causa de dios o por causa del diablo, pero no importo, pero fue cuando recibi la peor de las noticias, ella estaba muriendo.

-Ves Maurice, jamás hagas una promesa, tal vez debas cumplirla.-

Me mude al lado norte y me sentí en casa, mientras en el cuarto de arriba ella moría, te odio Dios, no quiero tu paz ni tu amor, te odio como si existieras.

-Maurice… –
-¿Eso significa que te irás?-
-Sí, nosotros no creemos en milagros-

Y de eso ya ha pasado mucho tiempo, al inicio escribí que este era el diario del odio, y escribí que te he odiado como si existieras, pero tu solo estas ahi, ya estoy cansado de odiar, pero tu solo sigues ahi, usaste mi odio para que yo ganara reconocimiento, Dios… cuida a Henry y a Sarah, pero dejame solo para siempre.

Maurice Bendrix

Sabato Vs Borges.

Friday, November 4th, 2005
Este es un fragmento del libro Dialogos Sabato/Borges que reune las conversaciones entre Sabato y Borges, que son los mas grandes escritores de la literatura Argentina, esta genial este parrafo, ahi se las dejo de regalo, saludos.

Borges: ¿Cuándo nos conocimos? A ver… Yo he perdido la cuenta de los años. Pero creo que fue en casa de Bioy Casares, en la época de Uno y el Universo.

Sábato: No, Borges. Ese libro salió en 1945. Nos conocimos en lo de Bioy, pero unos años antes, creo que hacia 1940.

Borges: (Pensativo) Sí, aquellas reuniones… Podíamos estar toda la noche hablando sobre literatura o filosofía… Era un mundo diferente… Ahora me dicen, sé, que se habla mucho de política. En mi opinión les interesan los políticos. La política abstracta, no. A nosotros nos preocupaban otras cosas.

Sábato: Yo diría, más bien, que en aquellas reuniones hablábamos de lo que nos apasionaba en común a usted, a Bioy, a Silvina, a mí. Es decir, de la literatura, de la música. No porque no nos preocupara la política. A mí, al menos.

Borges: Quiero decir, Sábato, que no se hacía ninguna referencia a las noticias cotidianas, fugaces.

Sábato: Sí, eso es verdad. Tocábamos temas permanentes. La noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo, al día siguiente.

Borges: Además, no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió. Por eso yo jamás he leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson.

Sábato: ¿Quién?

Borges: Emerson, que recomendaba leer libros, no diarios. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el olvido.

Sábato: Claro, sería mejor publicar un periódico cada año, o cada siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante: “El señor Cristóbal Colon acaba de descubrir América”. Título a ocho columnas.

Borges: (Sonriendo) Sí… creo que sí.

Una platica.

Wednesday, August 10th, 2005

R: Maestro, soy yo, R. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.

B: Finalmente, R. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame B y menos «maestro», dígame José Luis.

R: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

B: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

R: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo B.

B: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

R: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

B:Entonces no le ha ido tan mal.

R: ¿Cómo así?

B: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

R: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

B: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba B, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

R: Así ya me puedo morir en serio.

R: Rulfo
B: Borges